El rebrote medieval del adopcionismo combatido por Beato

Con ocasión de un concilio celebrado en 782 en Sevilla, en el que se condenó la teología de un cierto Migecio, que sostenía de forma heterodoxa, que las personas de la Trinidad no eran formas divinas, sino que representaban personas efectivas históricas distintas de Dios, tales como David, Jesucristo y San Pablo. Contra esa doctrina, el obispo primado de Toledo, Elipando afirmó la necesidad de distinguir sobre la persona de Cristo entre su relación intratrinitaria, Hijo de Dios desde toda la eternidad y su estado de hijo adoptivo, que le compete en cuanto hombre. Como se puede deducir de las decisiones del concilio que aprobó esta tesis, la mayoría de los obispos españoles eran partidarios del adopcionismo.

Las tesis del Concilio formuladas por Elipando fueron contestadas desde la iglesia del Reino de Asturias por Beato de Liébana que en esta labor fue ayudado por su discípulo, el obispo de Osma, Eterio. Se acusa a la fórmula de Elipando de romper la unidad personal del único Hijo de Dios y, de ahí, también de nuestra unión con Cristo. Sin embargo, en la propia Asturias, el Abad Fidel fue partidario de Elipando, y mucho más conocido seguidor suyo, fue el obispo Felix de Urgel. Por él, al adopcionismo hispano se le llamó felicianismo.

Causas del resurgimiento del adopcionismo en España

Se citan las siguientes:
-Los vestigios que persistían de la herejía arriana mantenida por los visigodos previamente a su conversión.
-El acercamiento del cristianismo al monoteísmo radical que el Islam, que negaba la divinidad de Jesucristo.
-La condescendencia excesiva de los mozárabes de Toledo a sus señores políticos.

También existe una teoría que mantiene que la polémica adopcionista se creó en virtud de una torpe explicación de la doctrina cristológica por el clero mozárabe que fomento la incomprensión y la idea de herejía y que, fue hábilmente utilizada para fines políticos por los reinos franco y asturiano, para independizar las iglesias sufragáneas de esos reinos de la sede metropolitana de Toledo.

Hay que decir, a este respecto, que fuera de Hispania, al hablar de Jesús se empleaba el término de "assumptus" para referirse a su naturaleza, mientras que en Hispania se usaban los términos "adoptivus" o "adoptatus". Ya en 688 había surgido un roce con Roma al enviar el XIV Concilio de Toledo una profesión de fe en la que figuraban estas expresiones. Roma replicó preguntando si es que los hispanos eran herejes. San Julián, obispo de Toledo, replicó que Roma no había entendido correctamente las expresiones que habían usado, y en una larga respuesta expuso las razones de la confusión. El Papa se dio por satisfecho con esto. No sucedería lo mismo en la época que tratamos. Veámoslo a continuación.

Desarrollo del debate adopcionista e influencias políticas

El emperador franco, Carlomagno, tomó, a lo largo de su reinado, parte activa en diversas controversias teológicas. La premisa político.religiosa era que la Iglesia franca, bajo la dirección de Carlomagno, estaba llamada a defender la pureza de la fe. Por los teólogos de Carlomagno negaron la capacidad de convocar un Concilio ecuménico al Imperio bizantino y juzgaron que ni el concilio iconoclasta de Hierea (754) ni el iconódulo II de Nicea (787) habían acertado con la verdadera doctrina: el primero, por su vandalismo iconoclasta; el segundo, por su adoración idolátrica a las imágenes. Su posición quiso ser la del papa San Gregorio: "Ni adorar las imágenes ni romperlas". Otra controversía cristológica en la que se empeñó Carlomagno fue la del Filioque (doctrina según la cual el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo), que también defendió ante la oposición bizantina, y que logró fuese aceptada como ortodoxa en el concilio de Aquisgrán (809).

No es de extrañar por tanto, que ante un problema como el del adopcionismo hispano también interviniese Carlomagno. Éste, gobernaba la Septimania visigótica y en el año 785 se había hecho con el control de Gerona, y de los valles de Pallars y Ribagorza, a los que crea condados. Estos dos valles pertenecían a la diócesis del obispo de Urgel, Félix, un hombre de Elipando. Estas sedes episcopales, así como las diócesis del incipiente reino de Asturias, tenían como sede metropolitana la de Toledo y el nombramiento de sus obispos dependía de ella.

La denuncia de Beato del supuesto credo herético de Elipando llega a conocimiento de Aquisgrán y es reconocido su valor Apologético por teólogos de la corte carolingia de la talla de Alcuino de York. Llegada la denuncia a Roma con la anuencia franca, el Papa Adriano I condena ese credo que considera nestoriano. Carlomagno tiene una justificación para poder actuar de una forma rápida y radical y obliga a Félix, obispo de Urgel a retractarse en un sínodo en Ratisbona. Pero éste, retornado a su diócesis, desmintió su retractación y provoca la celebración de un sínodo hispano en su apoyo. Los francos no cejan y convocan un Concilio de signo contrario en Franfurt. Preocupaba a los francos que el adopcionismo cobrara vigor en los confines fronterizos de la Septimania, donde se celebraba la liturgia mozárabe, sospechosa para los francos. Los obispos de Lyon y Narbona realizan un viaje en el 798 a esa zona fronteriza, predicando contra la herejía adopcionista. Pero esto no era suficiente para Carlos. En el 799 un sínodo en Aquisgrán vuelve a ocuparse del problema. Para sorpresa de todos se presentó Félix. La disputa entre él y los teólogos francos concluye con una declaración de Félix por la que se plegaba a la mejor argumentación franca. Como prueba de la veracidad de su actitud, hace una confesión de fe por la que se separa de su antigua concepción teológica y profesa la doctrina de la Iglesia universal. Con todo, Carlos lo apresó y le envió a Lyon, donde moriría en el 818. Con esto Carlomagno había ya roto el hilo conductor entre la Iglesia del Sur y la Iglesia de Septimania y el Norte de la Tarraconense. A partir de estas fechas los obispos de Septimania ya no serán nombrados en Toledo sino en Aquisgrán. Y tampoco lo serán los obispos de las sedes con las que se vaya haciendo Carlomagno, como las de Barcelona (801), Tarrasa (801 o Tarragona (808).

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